Diario en el espectro # 8 | Maternar siendo autista: sobreviviendo a las vacaciones
Esta semana mis hijos salieron de vacaciones.
Por un lado, estoy contenta porque no tengo que preparar loncheras ni vivir con la presión de dejar listo el almuerzo del día siguiente al final de cada jornada. (No me juzguen: la practicidad es supervivencia).
Pero, por otro lado, tengo a dos niños, uno de 8 y otro de 9 años, todo el día en casa, cantando, gritando, peleándose y generando desorden.
Son niños, claro. No se puede esperar otra cosa y está bien. Pero yo estoy al borde.
Mis hijos se levantan bastante temprano, incluso en vacaciones. Y aunque tengo la suerte de que su papá se encargue de ellos por las mañanas y puedo quedarme un rato más en la cama, el caos empieza desde temprano.
Mi hijo menor es cantante de corazón, así que tengo música en vivo desde primera hora. Me encantan sus ocurrencias y las canciones que inventa mientras juega, pero llega un punto en el que todo es demasiado para mí.
Entonces paso más tiempo del que quisiera acostada en mi cama, con mis canceladores de ruido, completamente agotada sin haber hecho demasiado.
Todas las madres sentimos culpa. Nos sobreestimulamos, dudamos de nosotras mismas y nos preguntamos si estamos haciendo las cosas bien. En mi caso, a todo eso se suma la culpa de no poder estar al cien por ciento con mis hijos porque estoy sobrepasada.
La sobreestimulación no es simplemente estar cansada o necesitar un momento de tranquilidad. A veces, literalmente, me manda a la cama.
Y eso me hace cuestionarme.
A veces me pregunto si soy una buena madre. Si debería tener más paciencia, si debería poder acompañarlos más, si tendría que ser capaz de disfrutar de estos días con ellos sin sentir que necesito escapar del ruido y el desorden.
Y a veces la frustración es tan grande que termino teniendo crisis terribles por todo esto.
Porque una cosa es saber que necesitas descansar y otra muy distinta es dejar de sentirte culpable por necesitarlo. Sobre todo, cuando la necesidad de descanso llega a tal magnitud que hay momentos en los que ni siquiera un día entero sola, encerrada en mi cuarto, con mis canceladores de ruido y las cortinas cerradas, me basta.
Por otro lado, cada vez que llego a ese punto de agotamiento en el que incluso llego a sentir náuseas, entro en un pequeño duelo por no poder ser la mamá que siempre quise ser, ni poder llevar la maternidad como siempre me la imaginé.
¿Cómo se supone que una debe reconciliar el amor inmenso que siente por sus hijos con la necesidad de alejarse de todo para poder volver a sentirse bien?
Como siempre: no tengo todas las respuestas. Por el momento, estoy tratando de reconciliar aquello que quiero ser con lo que mis capacidades me permiten.
¿Te ha pasado?
Te leo 💜
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