Diario en el espectro # 7 | La soledad en la neurodivergencia

Desde que era muy pequeña sentía que no era como la mayoría de mis pares. No tenía cómo explicarlo; solo sabía que no me hallaba en ningún lado. De hecho, me tomó muchos años formar mi grupo de amigos en el colegio.

Y aunque esta dificultad no es necesariamente una experiencia exclusiva de las personas neurodivergentes, las razones por las que a muchos de nosotros nos cuesta hacer amistades tienen orígenes y una profundidad diferentes.

La soledad neurodivergente tiene varias capas y, dado que cada persona neurodivergente es diferente, hablaré desde mi experiencia.

Desde muy chica tuve una curiosidad brutal por encontrarle una razón a todo. Pensaba muchísimo, comía libros, enciclopedias y cualquier texto que llegara a mis manos. Por lo tanto, podía tener infinidad de temas de conversación, pero no encontraba dónde colocarlos, porque la mayoría de mis pares no tenía los mismos intereses que yo.

Mientras muchos de ellos estaban muy enfocados en los juegos, los juguetes, hacer amigos o salir, yo estaba muy concentrada en entender cómo funcionaba el mundo y en analizar a profundidad temas que no todos conocían, entendían o encontraban interesantes.

Y no era que no quisiera relacionarme con ellos o que me sintiera más “inteligente” que ellos. Al contrario: sentía una enorme necesidad de pertenecer. Simplemente sentía que estábamos mirando el mundo de maneras diferentes, y eso empezó a generar una brecha.

En mi caso, empecé a observar a las personas a mi alrededor y a acomodarme a ellas y a sus intereses, aun cuando no compartía muchas de sus actitudes o comportamientos. Muchas veces tuve —y todavía tengo— que adaptarme al resto para poder encajar.

Y aquí empieza el enmascaramiento, con todo lo que ello conlleva: la negación de mis propias necesidades y el agotamiento. (El agotamiento es un tema que merece su propia entrada).

Por otro lado, dado que me sentía diferente y me veía en la necesidad de enmascarar y observar constantemente al resto —sus conductas, su tono de voz, sus expresiones corporales— para poder pertenecer, empecé a desarrollar ansiedad social.

Tener que enmascarar y observarlo todo, no entender del todo los códigos sociales y estar constantemente alerta, no solo a los demás sino también a mis propias respuestas y reacciones, sumado a que los espacios compartidos suelen estar llenos de estímulos, hace que las interacciones sociales me resulten, en su mayoría, agotadoras.

Necesito mucho tiempo para recuperarme después de ellas y, por eso, muchas veces no podía —y todavía no puedo— participar en tantas actividades sociales como una persona neurotípica.

Y esto genera otra brecha.

Como comenté en una entrada anterior, la mayoría de las personas se relaciona mediante el contacto presencial constante. Para mí, eso puede ser insostenible. En mi caso, la ansiedad social se agravó cuando mis hijos entraron al colegio y ya no se trataba solamente de sostener mi propia vida social, sino también la de ellos.

Caos interno brutal.

Y de esto hablaremos con más profundidad en otra entrada.

Pero la soledad no viene únicamente de los intereses específicos o de no entender del todo los códigos sociales.

Yo soy una persona hiperempática y tengo un sentido de justicia muy fuerte. Sin embargo, esto no siempre se refleja en mis acciones o en mis expresiones, por lo que muchas veces puedo ser percibida como una persona fría o, en el otro extremo, como alguien demasiado intensa.

Puedo enojarme o alegrarme con muchísima intensidad. Tanto, que muchas veces la pregunta que recibo es: “¿Por qué te afecta tanto algo que no es tu problema?” o la etiqueta de "intensa"

Y eso me lleva nuevamente a modular mi tono, contenerme o quedarme callada.

Nueva brecha.

Muchas veces recurro al ostracismo como una forma de protegerme del cuestionamiento. Porque cuando cuestionan constantemente un aspecto de tu personalidad, duele.

Y lo más paradójico es que esto puede ocurrir incluso con las personas más cercanas a ti.

Personas que te quieren pueden tener una idea de quién eres que está construida, en parte, a partir de todo aquello que has aprendido a esconder, modular o adaptar para poder encajar.

Y entonces ocurre algo profundamente solitario: puedes estar rodeada de personas, incluso de personas que te quieren, y aun así sentir que nadie está viendo realmente quién eres.

Esa, para mí, es una de las capas más profundas de la soledad neurodivergente.

La cereza del pastel, para muchos de nosotros —sobre todo quienes recibimos un diagnóstico tardío— llega cuando, después de años de lucha y sufrimiento invisible (invisible para los demás, claro está), finalmente tenemos acceso a un diagnóstico formal.

Y entonces, en lugar de encontrar respuestas, aparece el cuestionamiento: “pero no pareces autista”, “no tienes dificultades para hablar”, “tienes una vida normal”.

Y ahí aparece otra capa de soledad.

Porque después de pasar tantos años intentando entender por qué te sentías diferente, descubrir una explicación puede ser profundamente liberador. Pero cuando esa explicación es cuestionada porque no encajas en el estereotipo de lo que “debería” ser una persona autista, la sensación de invalidación puede transformarse en algo todavía más profundo: alienación.

Es como si finalmente hubieras encontrado el nombre de aquello que te hizo sentir diferente durante toda tu vida, solo para descubrir que ahora también tienes que demostrar que eres lo suficientemente autista para que los demás te crean.

La soledad neurodivergente no siempre tiene que ver con estar sola.

A veces tiene que ver con estar rodeada de personas y, aun así, sentir que nadie termina de conocerte realmente.

Con tener cosas que decir, pero no saber dónde ponerlas. Con querer pertenecer, pero sentir que para hacerlo tienes que modificarte. Con aprender tan bien a observar a los demás que terminas perdiendo de vista cuánto de ti mismo estás dejando de mostrar.

Durante muchos años pensé que el problema era que yo no sabía relacionarme.

Hoy entiendo que muchas veces no era falta de interés, ni falta de cariño, tal vez, ni siquiera falta de habilidades sociales (aún sigo analizando esto). Era el enorme esfuerzo que implicaba intentar relacionarme desde un lugar que no era completamente mío.

Y quizás una parte de dejar de sentirse sola consiste justamente en eso: encontrar personas y espacios donde no tengas que traducirte todo el tiempo para poder ser entendida.


¿Cuánto de la persona que los demás creen conocer es realmente quien somos y cuánto es lo que hemos aprendido a mostrar para encajar?

¿Cuántas veces hemos pensado “esta persona es fría, distante o demasiado intensa”, sin preguntarnos qué esfuerzo puede estar haciendo para poder relacionarse con nosotros?

Te leo 💜


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