Diario en el espectro #5 | Cuando no se puede apagar el mundo y te apagas tú
Ayer, mis hijos salieron del colegio temprano. Como no tuve tiempo de preparar el almuerzo, decidimos ir a comprar comida a un centro comercial.
La escena era más o menos así: día de semana, 1 de la tarde, un food court REPLETO de gente.
Una pantalla gigante con el volumen al máximo. Los empleados de los restaurantes anunciando los pedidos. Personas conversando en voz alta. Personas viendo videos en el celular sin audífonos. Cubiertos chocando contra platos. Gente caminando de un lado al otro. El ruido de los carros afuera.
Aparentemente, para la mayoría de las personas era simplemente un día más almorzando en un food court lleno.
Para mí, era una pesadilla sensorial.
Mi cerebro no filtra los estímulos de la misma manera. Escucho, veo y siento todo al mismo tiempo y con la misma intensidad.
Las voces. La música. Los cubiertos. Los anuncios. Los pasos. Los carros. Las conversaciones que ocurren a varios metros de distancia. Las luces. El movimiento. La sensación de la ropa sobre mi cuerpo.
Todo compite por mi atención.
Una vez alguien me dijo: “Pero no prestes atención a la bulla, simplemente filtra el ruido”.
BIG NEWS: no puedo.
No es que decida prestar atención a cada sonido. Es que mi cerebro no hace automáticamente esa selección de “esto es importante, esto no”.
Y cuando la cantidad de estímulos supera mi capacidad de procesarlos, empiezo a desregularme.
Primero me aturdo. Después empiezo a sentirme físicamente mal. Necesito salir de ahí.
Ayer terminé encerrada en el auto, intentando recuperarme del exceso de estímulos.
Cuando finalmente llegué a casa, empezó la migraña. Dolor en todo el cuerpo. Escalofríos. Niebla mental.
El resultado fue que no pude trabajar durante la tarde y tuve que cancelar las clases que todavía tenía ese día. Todo por una muy breve salida a comprar comida.
Y aquí viene algo que puede resultar confuso para quienes no viven esto:
¿Siempre es así?
No.
Y la respuesta compleja es: depende.
He estado en conciertos, discotecas, restaurantes y fiestas sin que necesariamente termine colapsando.
Puedo divertirme. Puedo bailar. Puedo conversar. Incluso muchas veces me he quedado hasta el final.
Pero que pueda hacerlo no significa que mi cerebro lo haya procesado sin esfuerzo.
Muchas veces, mi parte favorita de una salida es cuando termina.😏
Porque puedo haberme divertido muchísimo y, aun así, al día siguiente estar hecha trapo: con migraña, agotada y sin poder levantarme de la cama. Una vez, incluso terminé en la clínica con una migraña brutal. ¿Me divertí en esa salida? Totalmente, pero el precio a pagar fue alto al día siguiente.
Es un poco como correr una maratón.
Que hayas terminado la carrera no significa que no haya sido físicamente agotadora.
Y creo que esta es una de las cosas más difíciles de explicar sobre el autismo: que algo sea posible para mí no significa que me resulte fácil.
Que pueda ir a una fiesta no significa que pueda hacerlo sin consecuencias.
Que un día tolere un restaurante ruidoso no significa que pueda tolerarlo al día siguiente.
Una de las cosas que he notado en los últimos meses, es que cuando voy a comer a algún lado y hay muchos estímulos, incluso dejo de sentirle en buena parte el sabor a la comida; entro en estado de supervivencia.
Y que me veas sonriendo mientras ocurre todo eso tampoco significa que no esté haciendo un esfuerzo enorme no solo para mantenerme regulada, sino para que no se me note que me estoy desregulando.
A veces puedo.
A veces no.
Y aprender a reconocer la diferencia también ha sido parte de aprender a conocerme y a buscar adaptaciones que me permitan sobrellevar estas situaciones cotidianas de mejor manera.
¿Alguna vez has tenido que irte de un lugar no porque no quisieras estar ahí, sino porque simplemente ya era demasiado?
Me encantaría saber qué situaciones les resultan más desreguladoras a ustedes.
Y una pregunta a nuestros seres queridos que nos acompañan en este viaje:
¿Cómo apoyas a tu neurodivergente favorito cuando pasa por estas situaciones?
Los leo💜
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