Diario en el espectro # 2 | "Pero si no pareces autista..."
La primera vez que se habló de autismo en mis terapias, yo ya venía con algunas sospechas y había llegado a varios testimonios de personas autistas a través de redes sociales y blogs. Descubrí, en semanas anteriores a poner el tema sobre la mesa con mi psicóloga, que el autismo no era solamente ese estereotipo que la mayoría conoce o que se representa en la televisión. Se abrió una nueva posibilidad para mí: no estaba loca, no estaba fallada, mi cerebro simplemente funcionaba distinto.
Tras años de sentirme alienada de la humanidad, tratando de entenderme y de entender por qué no funcionaba como el resto y de sufrimiento y soledad enormes, por fin podría haber una respuesta que le daría sentido a toda mi experiencia en este mundo. La sensación de alivio duró poco.
Tuve muchas conversaciones internas sobre compartir esto con las personas cercanas a mí. Cuando las personas descubrimos algo maravilloso, la reacción natural es querer compartirlo, al menos, con quienes tienes cerca. Y aquí es donde el mundo nos pone el freno a muchas personas autistas, sobre todo con nivel de apoyo 1, y te cae el baldazo de agua fría: "no, pero si no pareces".
"Pero si no pareces": cuatro palabras que, aunque probablemente bienintencionadas, duelen y duelen bastante. Regresan las dudas, lees y relees, haces tests en línea, en mi caso, mi propia psicóloga me hizo una evaluación corta con la asesoría de otra psicóloga especializada en neurodivergencia, no para tener un diagnóstico formal, sino para saber si esa era la ruta, la respuesta: todo indica que sí estás en el espectro.
En mi caso, fueron meses de tratar de encajar todas las piezas, de revisar mi vida entera, de saber que, efectivamente, cumplía con los criterios, pero de sentirme invalidada no solo por mi entorno, sino por mí misma. Contadas personas me dijeron: "ya lo sabía" o al menos me dijeron "ok, cuéntame más". Supongo que dentro de todo, al menos tuve la maravillosa suerte de contar con personas que no me invalidaron automáticamente. Pero honestamente, no era de extrañar...tras una vida intentando parecer neurotípica, sumado a los benditos estereotipos, que las personas no creyeran que fuera autista no era realmente un misterio.
Fui más cautelosa cuando por fin decidí buscar un diagnóstico formal. Después de muchos meses de identificarme como persona autista, pero a la vez sintiéndome como una invasora del espectro y pensando que bastaba con tener herramientas para manejarlo, decidí ir por el diagnóstico.
Fueron semanas de diferentes pruebas y finalmente, recibí confirmación: autista con nivel de apoyo 1. Ese día fui sola a recibir mis resultados, lloré. Lloré de alivio, lloré de rabia, lloré de tristeza y empecé mi duelo. Sí, duelo. Duelo de la persona que pude haber sido si hubiera recibido un diagnóstico antes, duelo de todas las veces que me traté mal a mí misma por no ser como el resto, duelo de no saber quién era sin hacer masking.
Ese día empezó mi nueva historia, una que vengo tratando de escribir en mis propios términos y con un entendimiento completamente diferente de quién soy.
Mi diagnóstico no me puso una etiqueta, le puso nombre a una forma de existir que había estado ahí todo el tiempo aunque yo aún no pudiera verla. Durante mucho tiempo, creí que el objetivo era verme, pensar, actuar y sentir como los demás, ahora el desafío es descubrir quién soy cuando dejo de intentar parecerme al resto.
Si algo de esta historia resonó contigo, me encantaría saberlo. No importa si eres autista, si sospechas que podrías serlo, si acompañas a alguien en el espectro o simplemente llegaste hasta aquí por curiosidad. Este espacio nació para conversar, aprender y, sobre todo, para recordarnos que no hay una única forma válida de experimentar el mundo.
Te leo💜
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